El escenario estaba dispuesto en un gran parque, y entre los dos bloques de sillas, casi todas ellas ocupadas, se formaba un camino, cual pasarela, desde las escalinatas del escenario hasta el final de lo visible.
Cuando dijeron mi nombre, miré hacia atrás haciendo algún tipo de gesto gracioso, como suelo intentar hacerlo. Nadie me acompañó. Subí al escenario, y allí se encontraba una mujer, con el micrófono, arengando al público, volviéndolos locos, sacándolos del contexto. También se encontraban sobre las tablas un hombre delgado, que no podía dejar de hacer un gesto de odio. Además, seis niñas pequeñas, de no más de 10 años, y con el rostro tapado con pañuelos negros desde la nariz hasta donde comenzaban sus hombros. Las niñas estaban formadas en dos hileras de tres. Una de las filas se formaba detrás del hombre del gesto odioso, mientras que la otra fila, evidentemente, esperaba mi presencia. Sobre una mesa pequeña, justo en el medio del escenario, dos recipientes con crema para afeitar, y dos rasuradoras. Casi al mismo tiempo en que terminé de observar lo que me esperaba, la mujer gritó: ¡quien afeite mejor y más rápido el rostro de estas niñas, será el ganador de la competencia!
Entendí que mi situación sobre esa escena era inamovible. Debía afeitar a las niñas, que me esperaban atentas. Tomé la rasuradora con mi mano derecha, y la izquierda la introduje en el recipiente para llenármela de crema. La mujer volvió a gritar: ¡Que comience la competencia!
Le quité el pañuelo del rostro a la primera de las niñas, y noté que estaba inundada en pequeños granos, que imaginé, serían sensibles ante el filo de la rasuradora, y me hizo pensar que esta competencia no sería tan fácil como esperaba. Le coloqué la crema, y cuando le apoyé la rasuradora en una sus mejillas y realicé el primer movimiento, el rostro de la niña sangró, lo cual me hizo preocuparme de inmediato. Miré hacia atrás, y vi a mi contrincante afeitando a la segunda niña de su fila.
Cuando había terminado de afeitar a la primera de mis niñas, me dispuse a continuar, pero mi segundo escollo era aún mucho más difícil de sobrepasar que el primero, ya que al quitar el pañuelo a la niña, observé con asombro que tenía un bigote y barba. No de gran magnitud, pero la naturaleza de una niña de escasos ocho años comenzaba a asustarme.
Me tomó tiempo deshacerme de la segunda niña, y en el medio de mi empresa, escuché un bullicio general, lo cual me hizo pensar que esta competencia ya tenía un ganador, y ese no era yo, lógicamente.
Sin embargo no podía dejar de rasurar niñas, y mi mente estaba completamente dispuesta a terminar ese cometido, a superar el rostro velludo de esa pequeña, que ahora me miraba asustada.
Finalmente me dispuse a mi tercera y última niña, la cual, al quitarle el pañuelo, desenvolvió una larga barba, que prácticamente le llegaba al ombligo. Realicé un primer intento, luego un segundo, la tome de un lado del rostro y presioné con la rasuradora sobre el otro. No había caso, no tenía sentido. Necesitaba de unas tijeras para poder completar la misión. Me erguí, volteé con la cabeza gacha, dispuesto a reconocer mi derrota. Cuando levanté la mirada observé que las otras niñas, la conductora del show y mi contrincante estaban parados frente a mí.
Bajé hacia el pasto por las escalinatas del escenario, me encontré con mi amigo Esteño, quien tenía acorralado, sobre un costado del escenario, a uno de nuestros enemigos, a quien identifiqué por la similitud que tenía, en sus facciones, con quien me había derrotado, injustamente y haciendo trampa, en la competencia de las niñas con vello facial.
El hombre sangraba de su frente, por lo cual miré a Estaño a los ojos y sonreí. Enseguida le pedimos cien mil dólares, con el fin de invertir aproximadamente ochenta mil en seguir compitiendo, y tener el resto como reserva para la revolución, la cual siempre nos demandaba aportar fondos, ya que las pérdidas económicas no debían evidenciarse, si el fin era mantener a los hombres y mujeres que aún teníamos en nuestras filas.