10.2.12

Lo pleno, lo íntegro, lo absoluto

¿Cómo se le pide perdón a uno mismo? ¿Cuál es la mejor manera de hacerlo? Mi primera intuición es intentar ser lo más sincero posible en el discurso, entendiendo la obviedad de que uno se conoce a uno mismo más que nadie, y que por eso mentirme sería un riesgo que no pretendo correr.

En algún momento del día, ya no recuerdo bien cuál, una imagen se acercó y me acarició el rostro. Era un destello de luz, que se insinuó oportuno, silencioso, como anunciando lo inevitable, y eso no era otra cosa que su aparición real.

Siempre tan apocalíptico en mi forma de expresar, esta vez intento llegar a través de lo simple, no diseñar demasiados laberintos interminables e indescifrables, sino más bien resolver un viejo enigma, pero con una nueva perspectiva.

 Ser sincero con uno mismo, premisa inicial, conlleva determinar si uno realmente puede alcanzar dicho estado, y posteriormente, al menos a mí, me lleva al fracaso inmediato. Pero ese fracaso significa la presencia del fracaso en sí. Si no sintiera que me miento a mí mismo, no podría hacerlo tangible, maleable.

Con el correr de las horas comienzo a establecer mi propia personalidad en esta historia. No es la misma de ayer, y no quisiera tomarme el tiempo de pensar si será la misma que tendré mañana. Me alcanza con el silencio del hogar; me basta una sonrisa de ese ser que se refleja en el espejo que no tengo, para apaciguar mi ansia de respuestas.

En ocasiones intento buscarle el sentido a cosas que luego, agobiado, creo que no tienen sentido. Entiendo, desde una perspectiva más alta e inclinada un tanto hacia adelante, la cual me permite ver algunos gestos de mi cara, que el sentido de esas cosas existe, pero se hace presente cuando no me propongo buscarlo, ya que al buscarlo, lo que genero es darle el sentido que me exige mi propio ser, ignorando el propio sentido del objeto, del pensamiento, de la persona. En definitiva sigo pensando que es todo lo mismo.

Me alegra no poder expresar en palabras lo que siento. Hoy estoy en paz con eso. Otrora fui un luchador empedernido, y maté a millones por culpa de las palabras. Me alegra saber que hay cosas que sencillamente las superan, y si ellas están y forman parte de mi vida, es precisamente por el espacio nulo que genera su ausencia.

Hoy, en mi inmenso deseo de masoquismo constante, desearía despedir a esas personas que formaron parte hasta aquí del cuento. Soltarles la mano y dejarlas huir. Más un suspiro me emana del alma al buscar el aire bajo el agua, esa sinceridad que se refleja como la luz a través de las partículas del agua que no me deja llegar al aire y respirar.

Entonces realizo un movimiento con firmeza y logro emerger, observar mis pies en el agua cristalina, moviéndose con fuerza para mantener mi vida en actividad.

No es producto de lo externo, si es que todo nace a partir de mí, pero considero honorable entender la independencia de lo externo, al no poder conciliar con la luz el dominio en cuanto al plano terrenal. Si de algo estoy seguro, es que acá el que manda soy yo.

Entonces vuelvo a preguntarme a mí mismo… ¿Qué es lo que me lleva a seguir a rajatabla siempre el mismo formato? ¿Acaso soy preso de mi propio universo? No debería permitir dejar que esa manía aburrida domine la plenitud del hogar.

Y de nuevo lo pleno, y de nuevo el hogar, y de nuevo tantas cosas constantemente se hacen fuertes, suben y bajan su intensidad como en un baile cósmico y brillante, alumbrando a cada esfuerzo el sendero por el cual camino. Y de nuevo también el sendero, es camino y es luz a su vez, son amigas todas ellas, las palabras más hermosas e inquietantes. Es mi música y mi pintura, mi arte eterno.

Tampoco quisiera forzar ser lo que no soy, ni mentirme a mí mismo, que todavía sigo esperando, de frente al espejo que se rompió hace mucho más de siete años. La única que me persigue es mi sombra, y en la oscuridad se oculta, quizás porque me teme de noche, y la entiendo, yo haría lo mismo, y hasta a veces lo intento, más no puedo terminar de alejarme, sin antes desearme con locura, y volver a reencontrarme a la mañana con mi propia integridad.

Lo pleno, lo íntegro, lo absoluto

El agua sabe a sangre, y eso jamás ocurrió hasta hoy.

Soy un actor, en esta historia que es solo mía. Lo demás es un llamado a la solidaridad del pueblo. Es esa máscara de desahuciado que pretendo mostrar para intentar recibir algo de compasión. Pero no hace falta la compasión. Dejémosela a ese ser que rompió el espejo que nunca estuvo, al del cuento de hadas. 

24.12.11

Ensayo

Comienzan a molestarme algunas situaciones que antes creí que eran mi meta. El resultado del paso del tiempo me ha llevado mucho más cerca del desarrollo intelectual, que de un estado de bienestar en base a logros materiales.

Léase de la siguiente manera: la proyección de lo que yo pensaba sería mi futuro, no era más que una proyección, y bajo ninguna circunstancia eso dependía del éxito que tuvieran mis acciones. En lugar de eso, el evidente desarrollo que observé en mí fue intelectual. Cuando pensaba eso, no entendía qué cosas iba a entender ahora, así como hoy no podría siquiera imaginar que pensaré mañana. En cambio el lugar físico donde me planteaba estar, o la cantidad de materia que pretendía poseer, no tienen absoluta relación con lo real. De hecho no tengo nada más que mis ideas. Y solo son mías hasta que las dejo ser.

Bien. Alcanzado el nivel de metamorfosis que me había propuesto hace unos minutos, me dispongo a intentar entender ese curioso pensamiento que tuve hoy por la mañana, en el cual era atacado por dos caballos salvajes.

20.11.11

Capítulo Veintitrés - La repetición de los acontecimientos (*)

Práctica, inspiración, la manifestación del sentido del arte traducido en otra especie de movimiento físico, que implica ocupar el tiempo y la dedicación en acallar a ciertas voces, y dejar que fluyan otras, igual de peligrosas

Escribir trata de un juego perverso, en el cual la inocencia de la improvisación, de la inspiración exacta que afecta directamente al color y al aroma de las palabras, se manifiesta en secreto con su hermano llamado Dios. El completo poder  y la valentía, mezclados en perfecta sincronía con el asombro del niño, que decodifica por primera vez una figura.

¿Cuál es el motivo por el cual abriría esta mañana la misma ventana que abrí ayer? Supongo que la oculta certeza de encontrar un panorama similar, y entonces considerar a cada acción repetida y rutinaria, un motivo de estabilidad sobre la tierra, y a la vez sobre el propio interés de encontrarte al despertar, con los ojos entrecerrados, oyendo el canto del pájaro que ha tenido, de la noche en el bosque, su mejor perspectiva.

Entonces la prosa pasa a ser y a convertirse en nuestro fundamental punto de encuentro, y en el cual podemos esbozar una sonrisa al unísono, y saber, al menos por ahora, que podemos seguir en silencio.

En ocasiones pensar en la música como motivo de red conceptual entre diversos recuerdos que deambulan por la mente, es limitar también a la música a un espacio que poco le corresponde, y que ocupa por culpa de la mano del hombre y del paso del tiempo. También es poner un límite confundir el motivo de las acciones, y volcar, de esa manera, el pensamiento hacia la culpa, y hacia la condescendencia, porque de esa forma seguiremos siendo presos de la voluntad del otro, y poniendo en su bandeja todas nuestras monedas de oro, haciendo que la balanza vuele en mil pedazos.

La charla se desarrollaba sin inconvenientes, pese a la actitud ofensiva que tenían los dos revólveres apoyados sobre la mesa, mirándose el uno al otro, sin bajar la guardia, y con la serenidad del que ha matado antes.

-Cada mirada tuya me hace pensar en la noche en la cual metí mi brazo dentro del hueco en la montaña, entre las piedras, y toqué con mis dedos el núcleo, lo imposible y nunca visto, lo que hasta aquí creí solo parte de la imaginación de alguien más.

-Te refieres a la respuesta.

-Así lo llamas tú, así lo llaman otros. Yo aún no le he encontrado el nombre adecuado.

-¿Y de qué forma crees que ese acontecimiento te ha traído esta noche a esta mesa, a dialogarlo conmigo?

-La razón por la cual estoy aquí, y lo que me ha llevado hasta aquí, son la misma cosa, y es el mismo motivo por el cual tú estás también aquí hablando conmigo.

-No soy real.

-No lo eres, pero tampoco dejas de serlo.

Ogham Hoghat tomó su arma, la descargó y la guardó en su bolsillo. Luego continuó.

-La verdad es que difiero con tu manera de explicarme tu visión acerca del desarrollo de los acontecimientos entre nosotros dos, y he conocido a la princesa, esa a la cual tú custodiabas, cubrías sus espaldas con recelo. He estado a su lado, le he tocado su mano, y me ha dicho que teme hacerse daño, y teme creer que su idea acerca de mi presencia en esta historia no esté del todo justificada.

-¿Y qué harías al respecto, de ser real tu hipótesis?

-Creo que lo mejor sería despertar en este momento, ¿no te parece?


(*) Dedicado a Narciso Yepes

28.5.11

la revolución

El escenario estaba dispuesto en un gran parque, y entre los dos bloques de sillas, casi todas ellas ocupadas, se formaba un camino, cual pasarela, desde las escalinatas del escenario hasta el final de lo visible.

Cuando dijeron mi nombre, miré hacia atrás haciendo algún tipo de gesto gracioso, como suelo intentar hacerlo. Nadie me acompañó. Subí al escenario, y allí se encontraba una mujer, con el micrófono, arengando al público, volviéndolos locos, sacándolos del contexto. También se encontraban sobre las tablas un hombre delgado, que no podía dejar de hacer un gesto de odio. Además, seis niñas pequeñas, de no más de 10 años, y con el rostro tapado con pañuelos negros desde la nariz hasta donde comenzaban sus hombros. Las niñas estaban formadas en dos hileras de tres. Una de las filas se formaba detrás del hombre del gesto odioso, mientras que la otra fila, evidentemente, esperaba mi presencia. Sobre una mesa pequeña, justo en el medio del escenario, dos recipientes con crema para afeitar, y dos rasuradoras. Casi al mismo tiempo en que terminé de observar lo que me esperaba, la mujer gritó: ¡quien afeite mejor y más rápido el rostro de estas niñas, será el ganador de la competencia!

Entendí que mi situación sobre esa escena era inamovible. Debía afeitar a las niñas, que me esperaban atentas. Tomé la rasuradora con mi mano derecha, y la izquierda la introduje en el recipiente para llenármela de crema. La mujer volvió a gritar: ¡Que comience la competencia!

Le quité el pañuelo del rostro a la primera de las niñas, y noté que estaba inundada en pequeños granos, que imaginé, serían sensibles ante el filo de la rasuradora, y me hizo pensar que esta competencia no sería tan fácil como esperaba. Le coloqué la crema, y cuando le apoyé la rasuradora en una sus mejillas y realicé el primer movimiento, el rostro de la niña sangró, lo cual me hizo preocuparme de inmediato. Miré hacia atrás, y vi a mi contrincante afeitando a la segunda niña de su fila.

Cuando había terminado de afeitar a la primera de mis niñas, me dispuse a continuar, pero mi segundo escollo era aún mucho más difícil de sobrepasar que el primero, ya que al quitar el pañuelo a la niña, observé con asombro que tenía un bigote y barba. No de gran magnitud, pero la naturaleza de una niña de escasos ocho años comenzaba a asustarme.

Me tomó tiempo deshacerme de la segunda niña, y en el medio de mi empresa, escuché un bullicio general, lo cual me hizo pensar que esta competencia ya tenía un ganador, y ese no era yo, lógicamente.

Sin embargo no podía dejar de rasurar niñas, y mi mente estaba completamente dispuesta a terminar ese cometido, a superar el rostro velludo de esa pequeña, que ahora me miraba asustada.

Finalmente me dispuse a mi tercera y última niña, la cual, al quitarle el pañuelo, desenvolvió una larga barba, que prácticamente le llegaba al ombligo. Realicé un primer intento, luego un segundo, la tome de un lado del rostro y presioné con la rasuradora sobre el otro. No había caso, no tenía sentido. Necesitaba de unas tijeras para poder completar la misión. Me erguí, volteé con la cabeza gacha, dispuesto a reconocer mi derrota. Cuando levanté la mirada observé que las otras niñas, la conductora del show y mi contrincante estaban parados frente a mí.

 Bajé hacia el pasto por las escalinatas del escenario, me encontré con mi amigo Esteño, quien tenía acorralado, sobre un costado del escenario, a uno de nuestros enemigos, a quien identifiqué por la similitud que tenía, en sus facciones, con quien me había derrotado, injustamente y haciendo trampa, en la competencia de las niñas con vello facial.

El hombre sangraba de su frente, por lo cual miré a Estaño a los ojos y sonreí. Enseguida le pedimos cien mil dólares, con el fin de invertir aproximadamente ochenta mil en seguir compitiendo, y tener el resto como reserva para la revolución, la cual siempre nos demandaba aportar fondos, ya que las pérdidas económicas no debían evidenciarse, si el fin era mantener a los hombres y mujeres que aún teníamos en nuestras filas.

19.5.11

dos

Se sentó sobre un tronco que hacía las veces de banco de espera, al final del camino que desembocaba en la ruta. Tenía las manos sobre sus piernas, y golpeaba con sus pies la tierra ya convertida en polvo, debido a la sequía que aquejaba a aquel pueblo desde hacía ya varios meses. Luego de mirar el reloj cuatro veces en cuatro minutos, advirtió que desde el horizonte, a su izquierda, se acercaba por la ruta un colectivo naranja. Entonces sonrió y se levantó al mismo tiempo. Era una sonrisa un tanto nerviosa, ya que el colectivo solía llegar habitualmente unos quince minutos antes de lo que lo estaba haciendo aquel día, y no le hacían gracia las demoras. Menos aún en este caso.

A medida que el colectivo se acercaba adonde él lo estaba esperando, su corazón latía con más fuerza. En un momento hasta se puso en puntas de pie, como si eso le permitiera tener un campo visual más extenso, o hasta poder acelerar el período de espera, que día tras día se hacía más difícil de sobrellevar.

No dejó que el colectivo se acercara del todo. En los últimos instantes caminó para acortar la distancia. Una vez parado frente a la puerta delantera del vehículo, y mientras esta se abría lentamente, imaginó ese rostro, el que estaba esperando. Pudo recrear esos ojos, brillantes, penetrantes, del color de un amanecer en el campo. Y esa sonrisa, con unos dientes blancos como la sal. Hasta pudo imaginar cómo los ojos se entrecerraban al momento de sonreír, formando esa figura armoniosa, exacta, magnífica y majestuosa.

Ella lo era todo para él. Podía, con solo verla, dejar atrás los problemas que lo perturbaban. Podía olvidar, mientras ella bajaba las escaleras del colectivo escolar, la muerte de su padre, que lo había obligado a dejar de estudiar, para hacerse cargo de la finca familiar, y solo poder dedicar una o dos horas diarias a leer libros de historia medieval y teísta, que era lo que le apasionaba. Lo segundo que le apasionaba a decir verdad, porque el primer lugar, con kilómetros de distancia, lo tenía esa niña. La del pelo rojizo, ondulado, apenas por debajo de los hombros.

Pero en lugar de verla, de encontrarse, como todos los días, con el amor de su corta vida adolescente bajando del colectivo escolar, lo que vio fue al conductor, que le dijo que la niña no se había tomado el colectivo ese día. Que había pedido permiso para irse con un amigo caminando, y se le había sido concedido dicho favor.

No dejó terminar hablar al conductor. Ya estaba corriendo rumbo a su casa. Tomó su mochila y salió disparado hacia el colegio. Sabía que con viento a favor demoraría al menos media hora, pero eso fue un pensamiento veloz que pasó por su mente, y que bajo ninguna circunstancia le impidió seguir corriendo con todas las fuerzas que tenía disponibles. El clima caluroso no ayudaba en nada, pero no había tiempo para detenerse a encontrar algo de aire. Sus piernas se movían solas, con una velocidad que él no tenía la facultad de comprender. Su cuerpo simplemente había dejado de pertenecerle y ahora corría sin parar en busca de su Sol.
Al llegar al colegio, encontró a una de las maestras preparando la merienda, que sería dada a los niños que se quedaban después de hora, porque sus padres trabajaban en el campo durante todo el día y no tenían dónde dejarlos. La maestra le dio la información que necesitaba sobre el paradero de la niña, quien se encontraba en la casa de un amigo haciendo unos deberes escolares.

Repitiendo en su mente una y otra vez la dirección, el chico emprendió nuevamente su viaje a toda velocidad hasta llegar a la casa del compañero del colegio. Se encontró con una pequeña casa con una reja de un metro de alto en la entrada. Saltó la reja, llegó hasta la puerta y tocó repetida y fuertemente. Desde el fondo de la casa se escuchó la voz de un niño que gritaba: no puedo atenderlo ahora. Por favor vuelva en otro momento. Estoy ocupado.

Estas palabras siquiera pudieron intentar persuadir al enamorado y exhausto chico, ahora también tremendamente asustado, y por eso recorrió la casa por fuera, buscando alguna manera de entrar. Casi cuando estaba por darle una vuelta entera al lugar y disponerse a patear la puerta hasta que le atendieran, encontró una ventana entreabierta. Miró hacia adentro y corroboró que se trataba de la cocina. Sin dudarlo la abrió y se introdujo en la casa.

Salió de la cocina y enfrente tenía un comedor con un sillón grande y dos pequeños, y un antiguo televisor apagado. Dobló a su derecha y observó un pasillo con tres puertas de las cuales, la de la izquierda y la que estaba al final del pasillo permanecían cerradas. En cambio la de la derecha estaba abierta y con una luz prendida. Supo de inmediato que ese era su destino. Al entrar a la habitación, encontró a un niño sentado en un rincón, en el piso, con sus piernas encogidas, y abrazándolas. Lo reconoció inmediatamentedisculpándose. El se levantó, miró a Julio unos segundos, fue hasta la puerta principal, que desde adentro podía abrirse, y volvió a su casa caminando.