¿Cómo se le pide perdón a uno mismo? ¿Cuál es la mejor manera de hacerlo? Mi primera intuición es intentar ser lo más sincero posible en el discurso, entendiendo la obviedad de que uno se conoce a uno mismo más que nadie, y que por eso mentirme sería un riesgo que no pretendo correr.
En algún momento del día, ya no recuerdo bien cuál, una imagen se acercó y me acarició el rostro. Era un destello de luz, que se insinuó oportuno, silencioso, como anunciando lo inevitable, y eso no era otra cosa que su aparición real.
Siempre tan apocalíptico en mi forma de expresar, esta vez intento llegar a través de lo simple, no diseñar demasiados laberintos interminables e indescifrables, sino más bien resolver un viejo enigma, pero con una nueva perspectiva.
Ser sincero con uno mismo, premisa inicial, conlleva determinar si uno realmente puede alcanzar dicho estado, y posteriormente, al menos a mí, me lleva al fracaso inmediato. Pero ese fracaso significa la presencia del fracaso en sí. Si no sintiera que me miento a mí mismo, no podría hacerlo tangible, maleable.
Con el correr de las horas comienzo a establecer mi propia personalidad en esta historia. No es la misma de ayer, y no quisiera tomarme el tiempo de pensar si será la misma que tendré mañana. Me alcanza con el silencio del hogar; me basta una sonrisa de ese ser que se refleja en el espejo que no tengo, para apaciguar mi ansia de respuestas.
En ocasiones intento buscarle el sentido a cosas que luego, agobiado, creo que no tienen sentido. Entiendo, desde una perspectiva más alta e inclinada un tanto hacia adelante, la cual me permite ver algunos gestos de mi cara, que el sentido de esas cosas existe, pero se hace presente cuando no me propongo buscarlo, ya que al buscarlo, lo que genero es darle el sentido que me exige mi propio ser, ignorando el propio sentido del objeto, del pensamiento, de la persona. En definitiva sigo pensando que es todo lo mismo.
Me alegra no poder expresar en palabras lo que siento. Hoy estoy en paz con eso. Otrora fui un luchador empedernido, y maté a millones por culpa de las palabras. Me alegra saber que hay cosas que sencillamente las superan, y si ellas están y forman parte de mi vida, es precisamente por el espacio nulo que genera su ausencia.
Hoy, en mi inmenso deseo de masoquismo constante, desearía despedir a esas personas que formaron parte hasta aquí del cuento. Soltarles la mano y dejarlas huir. Más un suspiro me emana del alma al buscar el aire bajo el agua, esa sinceridad que se refleja como la luz a través de las partículas del agua que no me deja llegar al aire y respirar.
Entonces realizo un movimiento con firmeza y logro emerger, observar mis pies en el agua cristalina, moviéndose con fuerza para mantener mi vida en actividad.
No es producto de lo externo, si es que todo nace a partir de mí, pero considero honorable entender la independencia de lo externo, al no poder conciliar con la luz el dominio en cuanto al plano terrenal. Si de algo estoy seguro, es que acá el que manda soy yo.
Entonces vuelvo a preguntarme a mí mismo… ¿Qué es lo que me lleva a seguir a rajatabla siempre el mismo formato? ¿Acaso soy preso de mi propio universo? No debería permitir dejar que esa manía aburrida domine la plenitud del hogar.
Y de nuevo lo pleno, y de nuevo el hogar, y de nuevo tantas cosas constantemente se hacen fuertes, suben y bajan su intensidad como en un baile cósmico y brillante, alumbrando a cada esfuerzo el sendero por el cual camino. Y de nuevo también el sendero, es camino y es luz a su vez, son amigas todas ellas, las palabras más hermosas e inquietantes. Es mi música y mi pintura, mi arte eterno.
Tampoco quisiera forzar ser lo que no soy, ni mentirme a mí mismo, que todavía sigo esperando, de frente al espejo que se rompió hace mucho más de siete años. La única que me persigue es mi sombra, y en la oscuridad se oculta, quizás porque me teme de noche, y la entiendo, yo haría lo mismo, y hasta a veces lo intento, más no puedo terminar de alejarme, sin antes desearme con locura, y volver a reencontrarme a la mañana con mi propia integridad.
Lo pleno, lo íntegro, lo absoluto
El agua sabe a sangre, y eso jamás ocurrió hasta hoy.
Soy un actor, en esta historia que es solo mía. Lo demás es un llamado a la solidaridad del pueblo. Es esa máscara de desahuciado que pretendo mostrar para intentar recibir algo de compasión. Pero no hace falta la compasión. Dejémosela a ese ser que rompió el espejo que nunca estuvo, al del cuento de hadas.